OPINIÓN

El odio nuestro de cada lustro

Por: Redacción El Patriota | Publicado el: 10/06/2026
El odio nuestro de cada lustro

Nietzsche advertía que quien lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse también en monstruo2

«Puedo contratar a la mitad de los trabajadores para que maten a la otra mitad" - atribuida a Jay Gould.

El sábado por la noche leí a un buen amigo decir más o menos esto en un chat grupal: si no votas por X, es que no te importa el país, no te importan sus muertos, no te importa su gente, no te interesa nada de lo que suceda de aquí en adelante, no tienes valores, eres un antiperuano, eres una mala persona, eres un imbécil y un miserable que solo piensa en sí mismo.

Lúgubre coincidencia: durante toda la semana que pasó —y antes también— he visto montones de mensajes (de diferentes manos y en diferentes plataformas) que dicen más o menos lo mismo, independientemente de quién sea X.

Temo, luego condeno
No comparto la pasión del hincha, pero la entiendo. Entiendo a quien ha construido su identidad alrededor de una serie de ideas que considera principios o valores inamovibles y que percibe amenazados si gana la opción ajena. Entiendo también la vehemencia de quien siente bajo amenaza sus ingresos, su patrimonio, su futuro o el de su familia. Comprendo, por eso, que en el fragor de una campaña política todos esos temores se revuelvan, se contaminen y se desborden. El miedo será siempre el mayor movilizador de los seres humanos.

Lo que no termino de entender es la cerrazón en absolutos. Sí, te da miedo. Puede ser razonable que te dé miedo. Pero ¿hasta dónde llega tu convicción? Y, más importante, dado que hablamos de personas en principio razonables y ciudadanas, ¿en qué se apoya esa convicción? ¿Solo en miedo, en sombras que no tienen forma hasta que decides llamarlas argumentos?

Porque si todos entendiéramos —o al menos admitiéramos como posibilidad— que cada persona vota desde su contexto y su condición, seríamos bastante más tolerantes con las elecciones ajenas. Y cuando uno entiende, el miedo deja de ser argumento suficiente.

¿Por qué un campesino de Chumbivilcas debería votar como un dentista exitoso de Surco? ¿Por qué un comerciante informal y minorista de Santa María de Nieva, en Amazonas, debería votar como un ultrarrico de San Isidro que ni siquiera estaba en el Perú el día de las elecciones y luego se queja de que los demás votaron mal?

¿Cómo sería esperable que todas esas personas vean el mismo país y observen desde el mismo lugar la circunstancia electoral que tienen delante?

Es absurdo.

“Ya, pero si eres educado, sabes que Y es mafia”.

Si eres educado también sabes que X es mafia.

Y, ojalá sepas, también, que mafia es siempre —y sobre todo— mafia.

El pecado de la madre
La pobreza del debate no se limita a los candidatos de turno; contamina cómo evaluamos a cualquier voz disidente.

IMAGEN. Concepto propio, elaboración Open AI.
Algo muy parecido ocurre cuando, en vez de discutir lo que alguien dice, se le arroja encima su apellido. Si Jorge Nieto Montesinos sostiene una posición equivocada, oportunista, ingenua o irresponsable, hay que criticarla hasta el hueso, claro que sí (y lo mismo con todas las ideas). Desarmemos su argumento, refutemos sus premisas, exijamos coherencia entre lo que dijo ayer y lo que dice hoy. Eso es política adulta y responsable.

No lo es, en cambio, sugerir que su postura se explica, invalida o condena —ni siquiera en parte— porque su mamá se apellidaba Montesinos. Que Vladimiro Montesinos haya sido quien fue no convierte automáticamente a cada persona que comparte ese apellido en extensión moral, política o criminal de su biografía. La democracia no reconoce pecados de sangre. O no debería.

Eso es moralmente tramposo y de una pereza intelectual obscena: reemplaza la crítica por el escupitajo, el argumento por la genealogía, la discrepancia por la sospecha hereditaria. Sirve para ganar aplausos entre convencidos y para pensar peor. No solo no edifica, sino que destruye cualquier posibilidad de encuentro.

Esa forma de razonamiento infantil no es ni democrática, ni humanista, ni progresista. Es tribalismo con diploma de superioridad moral. Y del Jr. Azángaro.

Es posible y legítimo que, desde tu punto de vista, X sea peor que Y. Pero eso no hace que Y deje de ser pésimo. Mismo veneno: uno en ampolla, otro en sachet.

La tragedia aquí es que hayamos perdido de vista que ese al que insultaste, humillaste o desamigaste por atreverse a hacer pública una duda, un matiz o, peor aún, por anunciar que no votaría como tú, se parece más a ti que tú a tu candidato. Infinitamente más.

Y además —esto es lo que siempre sigue a las elecciones— tendrás que seguir viviendo con él. Compartirán el bus, la cola del supermercado, el ascensor del trabajo, el restaurante. Él no se va a ningún lado. Tú tampoco.

Cuando pase el bochorno
Todo el resto del año somos perfectamente conscientes de que esto es así. Las elecciones nos intoxican.

Quizás todavía somos mal material para esa parte específica de la democracia en la que se supone que uno disiente con respeto y aceptación, a sabiendas de que no hay una verdad única ni unívoca y que, si la hubiera —que no—, no nos pertenece.

Que nada es verdad ni es mentira, que todo es según el color del cristal con que se mira y que, por mucho que lo griten, el Perú no eres tú. Ni tus amigos del colegio, ni los de la universidad, ni los de tu código postal.

Es más grande. Y más ignoto de lo que imaginas.

Piensa que ocho de cada diez peruanos que votaron no eligieron tu opción en primera vuelta. Piensa que, cualquiera sea el resultado —que será ajustado—, la vida continúa. Piensa que, en promedio, una de cada dos personas que te cruces por la calle habrá votado por el otro candidato.

¿Cómo vas a encajar eso en tu vida? ¿Será verdad que la mitad de los peruanos son una manga de miserables que no quieren a su país? ¿Será que todos ellos son ineptos, ignorantes o incapaces de saber qué les conviene? ¿Rojetes perversos? ¿Fachos sin corazón?

Y estoy siendo generoso con eso de “la mitad”, porque si consideramos blancos, viciados y ausentes, tú y tus aliados de ocasión no llegan a cuatro de cada diez. Si estuviera en tu poder, ¿qué harías con los otros seis? ¿Desterrarlos? ¿Encerrarlos por ser un peligro para “el Perú”? ¿Quitarles el derecho a participar en la próxima elección porque no coincidieron contigo esta vez?

No, nadie sensato puede sostener algo como eso. Nadie llega tan lejos en voz alta. O no por tanto tiempo.

Nietzsche advertía que quien lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse también en monstruo2, y que cuando uno mira demasiado tiempo al abismo3, el abismo también mira dentro de uno. Hoy parece más profecía que filosofía.

Felizmente, ira furor brevis est4.

La ira es una locura breve. Sí, lo sabemos. Y cada cinco años la convertimos en método político.

Todos juntos, en los mismos infiernos.

Post original: Luis Davelouis https://thedavelouis.wordpress.com/2026/06/09/el-odio-nuestro-de-cada-lustro/

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